jueves, 19 de enero de 2012

¿Por qué engordo?


Esta es una pregunta que nos hacemos con frecuencia, más por frustración (como el famoso ¿por qué a mí?) que por un desconocimiento real de la respuesta.

La dietética tiene sus fundamentos y entresijos, como cualquier otra ciencia, y la ayuda que nos puede prestar un especialista a la hora de cambiar nuestros hábitos nutricionales es de vital importancia sobre todo para vigilar que el proceso se desarrolle sin dañar la salud ni comprometer nuestro cuerpo, pero en el fondo, cada uno de nosotros somos los que mejor sabemos qué es lo que nos hace meter la pata nutricionalmente hablando. Puede, en este sentido, que si mañana empezara un régimen con un señor doctor muy serio que me impone un montón, no me atreviese a confesarle que muchas tardes me meriendo media bolsa de bollos, pero uno mismo lo sabe y si estás en el punto de corregirlo, al menos cuentas con la verdad de conocer tus propios fallos y esa es la única manera efectiva de cambiar.

No obstante no todos los casos son sota, caballo y rey.

Realmente los “alimentos” que más nos engordan generalmente no los ingerimos por hambre si no por gula. Detrás de la gula puede estar, por ejemplo, el aburrimiento que te asalta la típica tarde de estudio en la que acudes 15000 veces a la cocina. Pero no te comes una manzana o 100 gramos de pavo. Comerás probablemente patatitas, galletas, chocolate… y el problema de este tipo de productos es que tienen un valor nutricional muy pobre frente a un valor calórico altísimo. Error. No porque el chocolate en sí sea malo, si no porque es rara la persona capaz de comerse sólo una onza y ya está. Son productos que te piden más y no alimentan en proporción a lo ingerido.

Otro ejemplo de error, y este es el mío concretamente, es comer por ansiedad. Ante un estado depresivo o una situación que nos supera emocionalmente, hay quien deja de comer y a quien le da por hacerlo de forma compulsiva, escogiendo para “saciar” su frustración de nuevo alimentos pobres nutricionalmente y ricos en grasas y azúcares simples (de rápida absorción). Otra razón por la que se suelen escoger estos alimentos es por que alguna vez se nos ocurrió meterlos en la categoría de “prohibidos” y eso hace que todavía nos atraigan más.

Lo más preocupante de estos y otros comportamientos nutricionales patológicos, es que crean una especie de dependencia porque durante el tiempo en que estás comiendo te sientes extrañamente aliviado y liberado, aunque pronto te asalte la gran culpabilidad. Así que hay que cortar con esto de raíz.

Para ello el primer ejercicio que os propongo es que hagáis un autoanálisis de vuestros hábitos alimentarios.
Esto, en el ámbito profesional, recibe la denominación de “encuesta dietética”, y es el instrumento del que se sirve el nutricionista para poder detectar los principales fallos del paciente.

Es importante que no sólo os centréis en lo que coméis, si no en el cómo (si os véis reflejados en alguno de los comportamientos descritos anteriormente), el número de ingestas que hacéis al día, si os saltáis alguna comida, aquellos alimentos que más os gustan y los que odiáis, el momento del día en que tenéis más apetito… en definitiva, cualquier cosa que se os ocurra y que pueda tener aunque sea la más mínima influencia sobre lo que coméis. Apuntadlo en un papel o los que queráis una atención más personal, podéis escribírmelo a mi dirección: omayra_ag@hotmail.com

Sería interesante que compartierais en el blog, aunque sea de manera anónima, algunos de ellos, para poder empezar a pensar en soluciones y objetivos reales ya que ese será nuestro siguiente paso.

Hasta pronto.

1 comentario:

  1. Yo me puedo comer media tableta de chocolate o mierdecitas solo por puro aburrimiento. ch

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